Abya-Yala: escenas de una historia india de América. Fragmento 03

 

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1532 LOS HIJOS DEL SOL PERU

Edificaron un próspero imperio sobre las ruinas de otros. Tomando de los muertos el poder y la sabiduría, y de los vivos, la fuerza de trabajo que asegure su poder. Saben los Incas que la mayor riqueza de un imperio son sus hombres, y han convertido sus santuarios de los Andes, en el centro del que irradia su cultura y su poder por la Abya-Yala meridional. Hijos del sol, santifican sus vidas a la tierra, y sus muertes a sus dioses. Han domado las montañas sin fin, y los arroyos sin comienzo, y a numerosas gentes que poblando las cuatro partes del mundo constituyen el Tawantinsuyu.

Han estudiado los ayllus seculares, en los que los Quechuas organizan sus vidas poniendo por testigo al cielo y a la tierra, y han establecido sus estructuras de dominación, superponiéndolas a las de igualdad que existen desde el principio de los tiempos. Donde no llega el ayllu, apenas llegan los Incas. Sus ejércitos se ven parados en los cuatro puntos cardinales por pueblos feroces, celosos de su independencia.

Su esplendor es conocido por toda Abya-Yala, la riqueza de sus ciudades y de sus templos, de sus plazas y de sus Incas. Su fama alcanza a los españoles lejos, aún lejos de sus fronteras más lejanas. Las noticias de un rico reino donde las casas se construyen de plata y los templos de oro, les enloquece. La obsesión de conquistar el Perú es permanente. Numerosas expediciones se pierden sin alcanzar siquiera sus fronteras, dando a los Incas las primeras noticias de su presencia.

Pizarro es el más osado, el más cruel, el más perseverante o el más afortunado. Con un puñado de hombres y caballos se abre camino sin luchar hasta el corazón del imperio, y allí, en un golpe de mano, tal vez aprendido de Cortés, captura en un alarde de violencia una majestad divina confiada y segura: Atahualpa Inca.

La soberbia de Atahualpa hace buen juego con la codicia de Pizarro. El primero promete un rescate en plata que supera todo lo imaginable, el segundo le obliga a cumplir su promesa. Mientras las comunidades que habían trabajado con los hijos del sol domando montañas y ríos, se convierten de un plumazo en buscadores de oro y plata, la guerra de sucesión que libra Atahualpa con su hermano Huáscar, se decanta del lado del Inca preso, dejando con él, preso a todo el imperio.

Era hijo del sol, y ahora es sólo, prisionero de un soldado feroz, que juega con su vida y con su suerte. Un día los enfrentamientos entre los españoles se resolverán ahorcando a Atahualpa, ya sólo un fantasma de sí mismo.

Las comunidades recibirán con indiferencia su fin, no en vano sus guerras y ambiciones habían llevado a los hogares de sus súbditos la violencia sin límite y el terror cotidiano.

Sus verdugos, observados con inquietud expectante, recorren el imperio acabando con la resistencia inca.

 

   
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