Hong Kong, la ciudad de la luz


Hong Kong es una isla, un mundo, abigarrado y compacto, donde más de siete millones de personas viven y trabajan en un ajetreo inigualable. Hong Kong es un escaparate, un símbolo, donde se han fundido los conceptos más puros de este mundo capitalista creado por los europeos con la mentalidad positiva y familiar trasmitida por los chinos a lo largo de generaciones. En Hong Kong la historia y la actualidad se han fundido recreando una sociedad única en Oriente.

La agitada historia de Hong Kong, lejos de convertirla en una ciudad gris y aburrida, la han transformado en un conjunto de contundente belleza, el pico Victoria y la bahía del mismo nombre, evocación constante de un pasado colonial que acabará en unos días, son parte importante de esa imagen. Entre el mar y la montaña, apenas unos centenares de metros para que el hombre desarrolle sus actividades, para que los negocios florezcan, para alojar el motor de esa fantástica máquina de ganar dinero en que se ha convertido la isla.

La extensión de Hong Kong es de sólo 1070 km2, en general todo el territorio es muy montañoso, con sus mayores alturas en el pico Taimo Shan, a 958 m de altura. Situado justo al sur del Trópico de Cancer, tiene un clima subtropical, con humedades que en verano alcanzan al 90%.

El Pico Victoria, se puede subir en un tranvía que lleva más de 100 años funcionando. Hay una enorme concentración de turistas, por ser donde se tiene la mejor vista de la isla de Hong Kong, la Bahía y la península de Kowloon. Si se sube en tranvía, se puede bajar en autobús, y viceversa.

La Bahía Repulse, es una playa con un cierto encanto, también llena de gente, donde hay un pequeño templo budista. Un poco más alejada de la ciudad está Stanley Village, con otra pequeña playa, enfrente de la cual hay una serie de edificios interesantes, casi todos convertidos actualmente en restaurantes, y un buen mercadillo.

Puerto de los Pescadores de Aberdeen, es donde se ha conservado parte de la tradición marinera de Hong Kong, y donde se encuentran numerosos barcos de pesca artesanales, con las familias viviendo en ellos todavía, y el pescado muchas veces tendido a secar. Es curioso observar la actividad de los asentadores de pescado, pero para merodear un poco entre las barcas hay que montar en una.

Como toda gran ciudad, hay que andarla hasta donde nos lleguen las fuerzas.
En el distrito Central se centran el comercio y las finanzas, sus edificios se yerguen orgullosos, singulares, materializando su excelencia en un mar de cristal, todos ellos comunicados por una red de pasos elevados que albergan a las tiendas más elitistas. Los del Banco de Shanghai y Hong Kong (diseñado por Norman Foster) y el del Banco de China, son los que, debido a su situación, consiguen destacar mejor. Aunque el récord de altura lo ostenta el Central Plaza, en el cercano distrito de Wanchai. Todo el distrito Central es el templo sagrado del dinero. Bancos, oficinas y hoteles, se alternan en la conquista del espacio, mientras las mujeres más elegantes compiten en los comercios de las plantas inferiores. Las decisiones que se tomen en las oficinas de Hong Kong repercutirán por todo el mundo. Hay una lucha feroz por acercarse a ese cerebro de oro que habita en el Central, lo que provoca un aumento continuo de los precios de las oficinas. Cada hombre, cada metro, debe producir, debe ser rentable. El trabajo y el espacio están programados para su máxima rentabilidad. El aumento del precio de las oficinas hace más rentable derribar lujosos hoteles de 20 ó 30 pisos, para construir en su lugar oficinas, que mantenerlos abiertos, aún cuando el precio de una habitación en Hong Kong esté entre las más caras del mundo, y la demanda de habitaciones crezca a un ritmo constante.

En la isla de Hong Kong, además del distrito Central, sede financiera, el distrito Wanchai es de gran interés. En las 3 calles paralelas que constituyen el mismo, se dan cita los más vivos contrastes de la isla. Lujosas torres recién construidas sirven de apoyo a otras decrépitas, con las pinturas caídas, cuyas fachadas atiborradas de balcones, dan una idea de la densidad de su población.

Jardín Zoológico, un centenar de metros más arriba de Central. Y para el que tenga tiempo de verdad, se puede dedicar un día o al menos una mañana para conocer Ocean Park, en el camino a Repulse Bay, que es uno de los mayores parques acuáticos de Asia.

En Kowloon, la península, separada de Hong Kong por la bahía, pero unida bajo tierra por 3 túneles, el centro turístico por excelencia, la ciudad crece, se renueva, se moderniza, a ojos vista. El eje de Kowloon es la famosa Nathan Road, con miles de tiendas establecidas en ella, es el paraíso de las compras, aunque las oportunidades verdaderas se encontrarán mejor en el entramado de callejas que salen a los lados de ésta. Un paseo por Nathan Road permite hacerse una idea del escaparate de vida que es Hong Kong, miles de personas se ajetrean, compran, pasean, comen. En suma, la locura del pequeño intermediario, el que debe sudar cada día para arañar los dólares que le permitan acercarse al mundo de los realmente privilegiados.

Temple Street. En las calles apenas circulan coches, dejando su sitio a ancianos pacientes que recorren la calle en busca del fresco. Algunos restaurantes han invadido las propias calles, y en las tiendas, lejos del plástico y del neón, se siente la vida en toda su plenitud. En la carnicería, una fila de cerdos recién matados esperan ser repartidos entre los compradores, las tiendas de especias y alimentos desecados se suceden en armonía de olores, y para ser feliz bastará entrar a una farmacia, y pedir alguna droga que satisfaga nuestro deseo. Por la noche, en esa misma calle, se improvisa un mercadillo de productos de todo tipo y procedencia, para gusto de los turistas que siempre pululan por la ciudad, y un poco más lejos, alejado de este trasiego, los restaurantes en la calle sirven a un precio realmente módico mariscos del día. Para el que considere que este mercado no es suficiente, puede acercarse al Mercado de Jade, en Kansu Street, sólo por las mañanas, o al Mercado de Pájaros, en Hong Lok Street.

La isla Lantau, es otro mundo. A lo largo de la carretera que serpentea elevándose hacia las montañas, el paisaje no evoca a Hong Kong, sino al Mediterráneo. Pequeños poblados de casas bajas, tiendecitas tranquilas, que reposan al sol de la mañana. Y algunos coches que circulan reposados. Al final de la carretera, tras un paisaje súbitamente de montaña, nos encontramos con el Buda de bronce más grande de Asia Oriental, el del Monasterio Po Lin. Se puede comer en el propio templo, e iniciar la vuelta a la ciudad. En la isla hay varios templos más y alojamiento un poco más moderado que en Hong Kong.

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