Lhasa, la ciudad santa |
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Lhasa tiene una población de 300.000 habitantes, entre los que se incluyen tibetanos y chinos.Si consideramos que apenas cuarenta años antes sólo contaba con 20.000 habitantes podremos entender los enormes cambios sufridos desde entonces. Situada a la orilla del río Kyichu, un afluente del Yarlung Tsangpo (llamado Brahmaputra en India), se encuentra a una altitud de 3.600 metros sobre el nivel del mar. La primera impresión que presenta Lhasa al viajero es un tanto compleja, ya que unas decepcionantes calles anchas, impersonales, flanqueadas de edificios sin gracia ni interés, con un aire un tanto provinciano, ven roto su horizonte ocasionalmente por los magníficos templos que nos recuerdan que Lhasa fue un día la capital de un reino, de un mundo. Luego, cuando el viajero vaya descubriendo la ciudad, familiarizándose con sus barrios más céntricos, podrá sentir que el pasado se hace vivo en sus mercados, en sus monasterios, en sus calles y sobre todo en el alma de esos peregrinos, que siguiendo la costumbre secular, recorren la calle Parkor desgranando sus plegarias. La historia de Lhasa es la historia del Tibet. Ya que se convirtió en capital del país cuando fue unificado por vez primera bajo Sontsen Gampo, perdiendo su importancia con el desmembramiento del Tibet en el siglo IX. No volverá a ser capital hasta el año 1642 cuando el Quinto Dalai Lama ascienda al poder. Bajo la batuta de este gobernante es cuando se construye la Lhasa que se visita actualmente, ya que fue durante sus años de gobierno cuando se levantaron los edificios más representativos de la ciudad, como el Palacio de Potala y otros monasterios. Desde entonces su importancia no dejará de crecer. Durante los siglos XVII y XVIII no sólo fue el centro político y religioso del Tibet, sino también el centro económico al que se dirigían las caravanas de comerciantes y el lugar donde los nobles mandaban a sus hijos a residir, con la esperanza de alcanzar los favores del Gobierno o de alguno de los grandes monasterios. El único centro de población medianamente importante en todo el país, ha sufrido en los últimos años la emigración de los chinos, con cargos importantes en la administración y la milicia, creándose de hecho, dos ciudades. La ciudad tradicional, tibetana; y la moderna, más china. Palacio de Potala
El Potala consta, en realidad, de dos palacios: el Blanco y el Rojo, con dimensiones sobrecogedoras: 117 metros de alto en 13 pisos. 400 metros de ancho (este-oeste) y 350 metros de profundidad (norte-sur). El primero de los palacios, el Blanco, fue terminado en 1649, cuando el Quinto Dalai Lama pasó a habitarlo. El Rojo hubo de esperar hasta 1694 y en un principio fue la capilla funeraria de dicho lama. Posteriormente se fue ampliando ya que se convirtió también en capilla funeraria de los siguientes Dalai Lamas, con lo que su construcción se continuó a lo largo de los siglos, haciendo participar a miles de obreros y artesanos. Es por eso que acabó por convertirse en la parte más importante del Potala. En cada una de las capillas nos sorprenderá un derroche de riquezas y objetos artísticos. Además en las numerosas galerías que comunican las diferentes capillas, hay suficientes tangkas como para estudiar la historia entera del Tibet. Desde sus terrazas se contempla una vista magnífica de Lhasa. Monasterio Jokhang
La Escuela de Medicina y Astrología todavía hoy en día funciona como hospital de medicina tradicional. En su interior hay una exposición de la evolución de la medicina tibetana, y una serie de tangkas que describen con bastante detalle las diferentes técnicas terapéuticas tibetanas, así como dos estatuas de los considerados padres de la medicina; Yuthong el Viejo y Khyenrab Norbu. Norbulingka
o Palacio de Verano. Monasterio de
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