Rene Leys - Victor Segalen


Pekín, 1911. Es el último año de reinado de la dinastía manchú, el fin de un régimen imperial que durante más de 3.000 años ha dirigido la vida de China.  El doctor Segalen, un médico francés, entusiasmado por las historias que suceden en el misterioso interior de la Ciudad Prohibida, encuentra en su profesor de chino, el joven Rene Leys, profesor además en la Academia de los Nobles, una oportunidad para conocer con detalle las actividades del regente, del malogrado emperador Guangxu, en realidad el último emperador pues el niño Puyi nunca llegó a ejercer su poder, e incluso de la emperatriz viuda y su corte de damas y eunucos.

La amistad entre estos dos personajes se va desarrollando según lo hace su interés por los asuntos de palacio, y a la vez la implicación del joven Leys en los entresijos de esos últimos años de régimen imperial, de tal forma que desde su puesto de profesor de la academia de nobles sus actividades van creciendo en importancia hasta convertirle en hombre de confianza del regente y de la propia emperatriz viuda, que ocasionalmente le concede también sus favores sexuales.  La labor de Leys en la Policía Secreta lleva a este par de amigos a participar en algunos episodios de cierto peligro.

La caída final de la dinastía tras las revueltas en las provincias centrales que llevan a la proclamación de la República China pone fin al gobierno de los manchúes, y a la fascinación de nuestros personajes por la corte, desvelando el verdadero papel jugado por cada uno de los protagonistas a lo largo de la trama.

Escrita como un diario por este doctor Segalen que comparte el protagonismo, la obra consigue mezclar elementos de la realidad histórica de los tiempos con la ficción pertinente a toda obra literaria, de tal forma que el lector cree estar presenciando a veces el desarrollo de acontecimientos históricos, y tentado se ve en más de una ocasión a consultar sus enciclopedias para comprobar si efectivamente Rene Leys jugó un papel decisivo en esos últimos años de la China imperial. Una exageración que se podría considerar no sólo propia de la novela, sino de la historia contemporánea de China, sólo consigue sembrar la sombra de la duda en algunos de los momentos estelares. La llegada de Yuan Shikai a Beijing, al frente de las mejores tropas del momento, y la transición del poder imperial al republicano, ponen el punto final a la obra, y ofrecen una perspectiva realista de la relación entre los personajes de la novela y las figuras de la historia.

La maestría de Segalen permite al lector compartir con él, pues está escrito en primera persona, la fascinación por el régimen imperial, ese Beijing decadente que le acoge y el profesor Leys que se muestra como el único vínculo posible entre dos mundos que se oponen. De su pluma quedan algunas descripciones un tanto heterodoxas de algunos de los principales elementos de la cultura china: la distribución del Palacio Imperial, el desarrollo de una función de la Ópera de Beijing, el ambiente en los cenáculos del barrio rojo de Qianmenwai, etc, como se puede ver en estos dos breves párrafos de la obra:

Después está la Emperatriz, cuya designación literaria es “Palacio del Medio”. Cuando existen a la vez dos emperatrices de igual rango, una se llama “Palacio del Este” y otra “Palacio del Oeste”. El título de respeto en ambos casos es “Madre del Imperio”. (p. 27)

Los edificios, los patios, los espacios, los Palacios del Palacio están ahí, esquemáticos y simétricos como celdillas, no pentágonos sino rectángulos; el espíritu es el mismo: la colmena ha trabajado la cera para uno sólo de sus habitantes –una sola, la Hembra, la Reina. Cuatrocientos millones de hombres, aquí alrededor, no más diferenciados entre sí que las obreras de la colmena, han aglomerado esto: casillas de ajedrez, formas rectas y duras, celdas cuya imagen geométrica –salvo la profundidad angular de los tejados- ¡no es sino el “paralelepípedo” rectángulo. (p. 75)

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